
Solo había una fuerza que mantenía a Muffin en la Tierra.
La felicidad de Maple. La cálida energía que brotaba en esos instantes era lo que sujetaba a Muffin a este lugar.
Por eso, para Muffin, la felicidad de Maple era a la vez una misión y la propia supervivencia.
Pero entonces empezó a ocurrir algo extraño.
Maple iba mejorando, poco a poco. Ganaba confianza cocinando, y la tienda volvía a llenarse de vida. Era algo bueno. Era justo lo que Muffin había deseado.
Y aun así, a veces, Muffin no terminaba de encontrar su lugar en la mirada de Maple.
Cuanto más se llenaban los días de Maple, más parecía cambiar, poquito a poco, el lugar que Muffin ocupaba en ellos. Maple, sencillamente, vivía.
Para quien vive el presente, un peluche del pasado va quedándose, sin querer, en el fondo del paisaje.
Lo que le ocurre a un peluche que ha vuelto rompiendo el tabú cuando llega su segunda despedida, Muffin ya lo sabía.
Aquella noche, cuando bajó preparándose solamente para una buena regañina, jamás imaginó que se escondiera un secreto así.
El instante en que Maple pueda sostenerse del todo por sí misma, la misión de Muffin habrá terminado.
Y esta vez no se trataba de volver a la estrella de los peluches. Sin huella, sin memoria. Como si nunca hubiera existido desde el principio.
Cuanta más felicidad le daba Muffin a Maple, menos tiempo le quedaba a Muffin — y Muffin lo sabía.
Aun así, hoy también se quedó de pie junto a la cocina de Maple. Sabiendo perfectamente adónde llevaba todo aquello, Muffin había elegido este momento.


