
Desde algún día sin nombre, los momentos en los que Muffin desaparecía de su vista empezaron a ser cada vez más.
Maple pensaba que la curiosidad de Muffin simplemente se estaba abriendo hacia otros lugares. Le hacía feliz, y a la vez sentía una pequeña tristeza que no sabía explicar.
Qué significaba realmente ese sentimiento, todavía no lo sabía.
Poco a poco, la tienda iba encontrando su calma.
Las notas que dejaban los clientes seguían creciendo. La pared se había llenado del todo. Por primera vez, Maple lo pensó así:
había llegado el momento de convertir este lugar en su propia tienda, y no sólo en la de sus padres.
Como primer paso para empezar a caminar sola, se puso a ordenar con mucho cuidado las viejas notas que los clientes habían dejado en la época de sus padres.
Y entonces, entre aquellas notas viejas y gastadas, encontró algo extraño.
Una sola nota, escrita con letra torpe, en la que el nombre ya casi se había borrado.
La mano que la leía empezó a temblar muy despacio.
Era la última carta que el muñeco al que su madre tanto había querido en su infancia había dejado, justo antes de desvanecerse para siempre.
Resultó que su madre, también, había tenido un muñeco como Muffin. Con su ayuda había logrado levantar el restaurante poco a poco, pero en el mismo instante en que el negocio floreció y ella alcanzó una felicidad completa, el muñeco, siguiendo la segunda regla del olvido, desapareció en silencio.
Sin dejar ni una sola huella, sin dejar ni un solo recuerdo.
Maple se quedó un buen rato sin poder moverse, con la nota apretada en la mano.
Todo lo que Muffin hacía para ayudarla era, en realidad, un mismo camino que iba haciendo que Muffin también se desvaneciera. Sólo en ese instante lo intuyó.


