
En la Estrella de los Peluches vivían pequeños seres que aún no tenían nombre.
Hadas en estado de alma pura, sin yo, sin voz, sin memoria.
Flotaban por todos los rincones de la Estrella de los Peluches, comiendo donas mágicas y madurando despacio.
No para llegar a ser algo, sino simplemente para existir. Esperando el día en que llegara un peluche que las necesitara.
Ese era su tiempo.
Y un día, el Tren de la Vía Láctea llegó.
Quienes bajaban del tren eran siempre los peluches. Aquellos a los que un niño se había alejado de manera natural al crecer.
Los que, a partir de cierto día, ya no eran colocados sobre la cama. No habían sido abandonados.
Simplemente, el niño había crecido. Los peluches lo sabían y, aun así, subían al tren en silencio.
En el instante en que un peluche llegaba, un alma de hada que esperaba se deslizaba dentro.
Desde ese momento, todo empezaba de verdad.
Cuando lo que el peluche había traído de la Tierra (los recuerdos cálidos compartidos con un niño) fluía hacia el hada, algo comenzaba a cambiar.
Al principio era un leve temblor. Después, poco a poco, surgía una mirada. Surgía una voz. Surgía un carácter.
El recuerdo de haber sido amado se convertía en alimento, y por fin nacía un verdadero ser.
Los peluches que despertaban así tenían todos algo en común. Según de quién fueran los recuerdos que llevaban,
su carácter, su forma de hablar e incluso su risa se parecían a alguien. A aquel mejor amigo de la infancia que una vez fue suyo.
Muffin también nació así.
Llevando los recuerdos de Maple, con un aire muy parecido a Maple.


